Las compañías aéreas están siendo, junto con los transportistas, los pescadores y los agricultores, de los primeros sectores afectados por la subida del precio del petróleo.
El consumo de un Airbus A-380 (el “gigante verde”) es de 2,9 litros/100km por pasajero. Ignoro a qué porcentaje de ocupación se consigue esa cifra, supongo que más de un 75%, pero el consumo es más bajo que el de muchos coches incluso a plena ocupación. Para un A-330 es de 3,4 litros.
El precio del combustible de aviación es de 4,09 $ / galón (1,08 $/litro, ó 0,69€/litro). Ha subido casi un 100% en el último año, al igual que el petróleo.
Es decir, el coste del combustible repercute en 2,35€ cada 100km. En un vuelo de Madrid a Atenas (unos 2300 km) representa unos 54 € (sólo ida). Poca cosa si lo comparamos con el precio de un pasaje en business, pero es un porcentaje importante de un ‘low cost’. Y este coste no hará otra cosa que aumentar.
¿Dónde está el problema? En la ocupación y en los costes fijos. Hay que amortizar el avión, pagar a la tripulación y al personal de tierra, pagar el mantenimiento del avión, los servicios del aeropuerto … Para que el negocio sea rentable, el avión tiene que estar en el aire el mayor tiempo posible, y ocupado al máximo. Si baja la ocupación, el gasto de combustible y los gastos fijos por pasajero se disparan y el negocio es ruinoso.
La subida del precio del petróleo hará que desaparezcan los vuelos de Alemania a Ibiza para ir un fin de semana a la discoteca. También hará que las empresas se lo piensen dos veces antes de enviar a sus empleados a reuniones de dos horas a 1000km de distancia, pudiendo hacer una videoconferencia. Enviar fruta por avión de un extremo del mundo a otro también será cosa del pasado. Desgraciadamente, también se acabarán los viajes a Bali.
Aprovechemos, este verano puede ser la última vez que vuele. Carpe diem.